Laberinto de tentáculos, ¿por qué siempre hacia el centro, hacia tu cabeza enmarañada que subyuga y doblega, hacia el núcleo de tu inteligencia sin ego, que revela y ridiculiza el esmero fútil de nuestros tristes pensamientos inconducentes? Pueriles sueños de libertad descansan en su tumba definitiva: la imposibilidad absoluta de extraviarse. ¿Acaso todos tus caminos conducen al rigor de los acontecimientos circulares?
Cuando la especie humana se haya extinguido, una plaga de insectos mutantes bajará por Corrientes hasta Alem, respetando –sin saberlo– la onda verde y la máxima cincuenta, una serpiente gigante, capaz de hacer temblar la tierra de un coletazo, reptará majestuosa por Riccheri hasta Dellepiane y por fin 25 de Mayo para girar intuitivamente sobre el rulo de 9 de Julio, y una manada de ratones bifrontes surgirá del túnel prehistórico de la línea A y avanzará a contramano por Rivadavia hasta tomar la plaza que supo ser del pueblo.
La ciudad nos abraza con sus extremidades y así vivimos, en ese principio de asfixia perpetuo que protege y oprime a la vez. Los tentáculos de la ciudad pulpo son de una extensión incomprobable. No importa cuán lejos viajemos: el planeta resulta pequeño para su potencial alcance y no existe rincón oculto a su implacable tacto ciego. Más temprano que tarde, seremos alcanzados por alguno de ellos y hemos de recogernos y sucumbir a su encantadora dominación.
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