–¿Cómo anda, amigazo? –pregunta el verdulero.
El saludo llega como un trofeo, como una cucarda que otorga reconocimiento, distinción y pertenencia a cierta alcurnia barrial. Ese amigazo protocolar abriga la esperanza de que nuestra singularidad se zafe por un instante del cardumen atolondrado de humanidades que entran y salen del supermercado un martes a las siete de la tarde.
–Mandarinas tiene acá adelante o ahí afuera. Elija tranquilo, amigazo.
Desde lejos parecen todas iguales, pero basta con acercarse a cualquier cajoncito para comenzar a percibir las al principio sutiles y poco más tarde insalvables diferencias entre las variedades de mandarinas disponibles. Este cronista –un completo ignorante en materia cítrica–, observa la fruta con detenimiento hipnótico, sin detectar en su fuero interior el más mínimo rastro de algún criterio que le permita elegir con sensatez y, tras un breve lapso de íntima deliberación inconducente, señala un cajón al azar y consulta al verdulero.
–¿Estas qué tal están?
–¿Cuál? Ah sí, la Murcott. Rica, dulce y con poca acidez –el verdulero habla de las variedades en singular, lo cual le otorga a su discurso un particular gesto enciclopédico.
–Perfecto, me llevo tres o cuatro entonces –pide este cronista, con la suficiencia de quien ha acertado en el primer intento.
–Eso sí, la Murcott suele traer mucha semilla, es rica pero bastante molesta para comer –agrega el verdulero, con la gravedad de quien revela una verdad profunda de las cosas, como señalando el punto de apoyo que sostiene el equilibrio universal.
–¿Y sin semillas tenés alguna? –consulta este cronista, superficial, llano, pedestre.
–¿Sin semillas? Pero claro, amigazo –contesta el verdulero, condescendiente–. Por allá está la Nova. Deliciosa, jugosa y equilibrada. Una mandarina noble.
–Bueno, entonces mejor me llevo tres o cuatro de esas –afirma este cronista, ya paladeando el dulzor reconfortante de una fruta vespertina.
–El tema con la Nova es la cáscara –agrega el verdulero–, viene muy pegada a los gajos. Es una mandarina difícil de pelar.
En este punto de la conversación, este cronista –propenso a la elucubración espiralada– comienza a sospechar que la simpleza de las cosas no existe. Mientras el verdulero espera una definición, se dice que si todas las cosas del mundo están sujetas a fuerzas y leyes similares, entonces todas tienen un grado similar de complejidad, una cierta equivalencia holística. Si, además, las consecuencias de cualquier acción en el largo plazo resultan insondables, el cuadro que se presenta es dramático: la elección de una mandarina no tiene nada que envidiarle a cualquier decisión estratégica, profunda, definitiva, y tanto una como la otra pueden ser asumidas con liviandad despreocupada o con gravedad, responsabilidad e hidalguía. ¿Qué matrices prefabricadas nos operan cuando creemos optar? ¿Un día elegimos una mandarina así nomás, sin tanta vuelta, y al otro nos descubrimos sosteniendo con vehemencia que rematar los recursos naturales de nuestra patria es la única forma de colarnos en ese tranvía llamado prosperidad? ¿Es así? Y si así es, ¿puede acaso el sistema de equivalencias y contradicciones universal ser tan perfecto, tan preciso? Una mandarina se pela fácil pero está llena de semillas. La otra casi no tiene semillas, pero descascararla conlleva una odisea. ¿Y si esa resignación simétrica no fuera más que una de las formas habituales en que se nos presenta nuestra incapacidad de imaginar, de abrir nuevos caminos?
–Amigazo –el verdulero interrumpe suavemente, como si despertara a un sonámbulo al borde de la cornisa.
–Sí, perdón –reacciona este cronista.
–No, le iba a decir que por qué no lleva la Encore y listo –el verdulero sigue hablando de las mandarinas en singular, por nada abandona ese rasgo estilístico.
–¿Cuáles? ¿Estas? –el cronista señala sin precisión, algo se le ha extraviado en su digresión inconducente.
–No, eso es caqui. Aquella de allá, la pecosa –corrige con rigor el verdulero.
–¡Ah, estas!
–Exacto, amigazo. Bien dulce, poca semilla, fácil de pelar. La mandarina perfecta.
–Listo, me llevo tres o cuatro de esas.
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