A veces la ciudad pulpo nos da tregua y huimos brevemente de su mirada atenta y vigilante. Tal vez juega con nosotros, que durante esos fragmentos esporádicos, interrupciones tenues de una continuidad abrumadora, retazos robados al manto infinito de la rutina, creemos habernos liberado para siempre de su opresión. Pueden denominarse vacaciones o –precisamente– escapadas, si de tomar distancia de la cabeza del pulpo se trata, pero también carnavales, fiestas populares o aniversarios, ocasiones sociales que abren paréntesis temporales sin necesidad de franquear las fronteras de la ciudad. Puede tratarse de un mundial de fútbol también, claro: un mes entero de planes insólitos que entran en franca contradicción con toda lógica productiva, un tren a toda velocidad que se lleva puesta –sin mosquearse– nuestra habitualidad urbana. Ante esta contundencia, por supuesto habrá quienes intenten hacer de cuenta que no ocurre nada, pero sobre todo habrá quienes cedan dócilmente y suspendan planes, ajusten agendas y se entreguen a la exigente demanda de un fixture bien nutrido. Estarán también, por supuesto, los verdaderos héroes de esta gesta cuatrienal: seres de una estirpe singular que abrazan la causa con militancia conmovedora, asegurando la adecuada provisión de camisetas, banderas, gorros y vinchas, desplegando logísticas de alto vuelo para que en cada encuentro se cuente con la consabida y desmesurada ración de alimentos y bebidas necesaria para acompañar el certámen. Gracias a la contundencia de esta organización, es habitual que en algún momento de ese tiempo suspendido –sobre todo si la selección alentada logra avanzar hacia las últimas instancias del campeonato, excepcionalidad que se ha vuelto costumbre por estos lares– los habitantes de la ciudad pulpo lleguemos a sentir que efectivamente se ha quebrado la normalidad, se ha inaugurado una realidad otra que ya no responde a las leyes que regulan el orden social, sino a una única consigna obligada y estridente: alentar para ganar. Es precisamente en el punto álgido de ese sentimiento integrador cuando el tiempo –ese efecto fugaz, esa idea feroz– toma su más cruel revancha y nos arranca del éxtasis colectivo, del abrazo nacional, de la euforia futbolera, para arrojarnos violentamente al despojo de la vieja, conocida, inconfundible cotidianidad. Entonces, como quien despierta de un sueño fugaz en el transporte público o en una sala de espera, los habitantes de la ciudad pulpo disimulamos nuestra confusión, fingimos naturalidad y volvemos a regañadientes a nuestras ocupaciones ordinarias. Un testigo casual, poco familiarizado con las costumbres de esta ciudad, podría afirmar que ese comportamiento, aparentemente sumiso y conformista, revela una honda resignación, un regreso manso, cansino e incuestionado al orden establecido. Los habitantes de la ciudad pulpo, en cambio, sabemos bien que no es así, que nuestra docilidad solo es la expresión superficial de una certeza profunda, que al final solo es cuestión de tiempo, porque más tarde o más temprano volveremos a quebrar el frágil cristal que mal protege esta realidad berreta para dejarnos llevar, una vez más, por nuestras pasiones genuinas.
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