Una danza muda (parte I)

En la ciudad-pulpo se baila un ritmo lento, cadencioso. No es moda, es tradición y goza de una salud envidiable. Sus habitantes nos movemos de aquí para allá y de allá para aquí con frecuencia irregular y por motivos de lo más diversos. Nos vamos a vivir juntos, nos separamos, el alquiler se vuelve impagable, llegamos desde la ciudad-boa o la ciudad-camello, huimos hacia la ciudad-hormiga o la ciudad-ballena, por fin conseguimos comprar o vender una casa, nos rendimos después de años de soportar las presencias espectrales que invariablemente deambulan por viejos caserones, negociamos ubicación inmejorable por patio, terraza o balcón. Cuando llega el momento, guardamos en cajas todos los objetos que hemos decidido conservar –y también aquellos que no hemos sido capaces de desechar– y, así sin más, nos mudamos. Del latín mutāre: dar o tomar otro ser o naturaleza, otro estado, forma, lugar. Dejar el modo de vida o el afecto que antes se tenía, trocándolo por otro. Dicho de un ave: Desprenderse de las plumas. Dicho de los gusanos de seda, de las culebras y de algunos otros animales: soltar periódicamente la epidermis y producir otra nueva. Dicho de un muchacho: efectuar la muda de la voz. Algunas mudanzas se preparan con gran antelación, otras se resuelven en un par de días. Hay personas que conviven con cajas sin abrir durante años y otras que terminan el mismo día de la movida más instaladas que Windows 98. Pero de un modo u otro, las mudanzas desorientan a cualquiera porque cuando la cama o el sillón cambian de lugar, se altera el norte de nuestra brújula cotidiana y perdemos el punto de referencia que define nuestra ubicación espaciotemporal en la ciudad-pulpo. Este año no se sabe qué pasó, pero parece que a todo el mundo le tocó mudarse al mismo tiempo. Las calles se colmaron de bailarines agitados y amigos voluntariosos, y de la suma de trajines resultó una coreografía espontánea de fletes, gatos encerrados y colchones pudorosos exhibidos a plena luz en su desnudez. 

Fue conocido el caso de un edificio en el barrio de Parque Avellaneda, del que daremos cuenta en la próxima entrega de estas crónicas de la ciudad pulpo.

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