El mundo es la unidad de medida por excelencia en la ciudad pulpo, la vara precisa para medir todas las cosas. En la categoría que sea, siempre será el puesto en el ranking planetario la diferencia entre la gloria y el fracaso, entre la fama, y el anonimato. La cosa no tiene nada que ver con métricas precisas ni con récords sistemáticos: el gusto de esta costumbre local está en la autoproclamación, un delicado equilibrio entre la jactancia y la inverosimilitud. El río o la avenida más anchos, la primera transmisión radial de la historia, y el hallazgo del dulce de leche bastan para que los pechos se hinchen, las cabezas se yergan y los rostros se iluminen de orgullo y dignidad. No lo sabemos, pero intuimos que esta fascinación autóctona hacia la comparación ecuménica constituye, paradójicamente, una de nuestras particularidades más excéntricas.
¿Cómo podría una ciudad con semejante afición por la competencia global no involucrarse profunda, intensa, irremediablemente en algo denominado, precisamente, el mundial? El mundial –el de fútbol, qué otro– nos interpela como ninguna otra cosa porque cada cuatro años desafía nuestra hipótesis más temeraria, esa de que somos los mejores del mundo. Bajo esa premisa, nos jugamos todo. El riesgo es alto y a menudo salimos desahuciados, pero cuando por fin ganamos nos reconocemos y nos gustamos, nos abrazamos y lloramos lágrimas añejas. Es por esa imprudente vocación de apostar hasta lo que no se tiene en un simple juego –el juego perfecto–, cada partido es tanto más que un partido y cada gol es tanto más que un gol. A contramano de Magritte, explicamos que es solo un partido para decir que es mucho más que un partido: es la totalidad, el absoluto, la reivindicación de un pasado y la esperanza por un futuro, la renovación del pacto social, la refundación de la comunidad, el abrazo de la ciudad pulpo. Este cronista se pregunta si existe acaso algo más conmovedor que un pueblo que ha aprendido a sublimar sus miserias, frustraciones e injusticias mal tragadas a través de un juego: el más lindo del mundo. Como siempre, la respuesta está en las calles.
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