Una orden simple

Llega la primavera y no solo las flores florecen en la ciudad pulpo, adormilada desde aquellos primeros fríos de marzo. Se acabaron esos días grises, piensa este cronista. Mas se equivoca: por un lado –aparentemente y según comentan los meteorólogos, es decir todo el mundo– el fenómeno de un súper-niño con caprichos de precipitaciones copiosas se empeña en empañar las expectativas de pic nics y saliditas vespertinas, de caminatas por los parques y vermucitos en balcones y terrazas. No obstante, debajo de ese manto de temporales y precipitaciones, todo explota al parecer, y los amantes –entre quienes se cuenta este cronista– en la calle dicen hola y se lanzan contra marea y viento a la reconquista de lo público. Podrán cortar mil calles, pero no van a detener el avance de la derecha en Latinoamérica, comenta una ex ministra como al pasar. Porque a pesar del súper-niño, aflora un calorcito en la ciudad-pulpo y los transeúntes circulan entre vallas y alcantarillas sin tapa, hartos de la lluvia, perturbando con murmullos de descontento el silencio de una calma tensa. Tensa de insatisfacción, tensa de injusticia, tensa de indignación, esa calma. Tensa de eufemismos, agrega este cronista. Es que hay más hambre cada vez y los amantes en la calle piensan: yo no quiero tener problemas, pero tampoco puedo quedarme tan tranquilo viendo cómo pegan.

La policía, en la ciudad, revolotea como bandada de aves alóctonas, importadas desde latitudes exóticas, al servicio de un poder siniestro y con el único fin de desplazar sin tregua a la especie endémica de las plazas ardidas: el pueblo. Pasan, miran sin mirar, a la espera de una orden simple, que tarde o temprano –pero en general temprano– llega para desatar el desastre y la ignominia política. La paciencia que se pierde no se recupera más y para eso precisamente ha sido creada la policía de la ansiedad: para perder la paciencia en lugar de los que pasan hambre, frío y se mueren de enfermedades curables, y que estos puedan seguir esperando, eternos pacientes, que la cosa mejore. Sin chistar. Y qué vergüenza cuando, como esta misma tarde, sale a lastimar. ¡Qué tupé! Si –lo sabemos nosotros, lo saben ellos– nadie nace para reprimir los deseos de su propio pueblo. Nadie. Pero ahí van, una y otra vez, a la carga. Y los amantes, flaneurs devaluados de una ciudad-pulpo de tentáculos cansados de tanto palo y tantos gases, de tanta traición, de tanta entrega, de tanta crueldad impartiendo órdenes y partiendo mandíbulas, solo quieren amar ciegamente pero qué difícil se les hace en medio del humo que efectivamente ciega y las balas que también efectivamente ciegan y de los efectivos que efectivamente disparan los gases y las balas y entonces los amantes cantan, amargamente y para sus adentros, pero cantan: yo no quiero tener problemas, pero tampoco puedo quedarme tan tranquilo viendo cómo pegan. Y pegan.

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