¿Sabés qué me gustaría? Escribir como toca Miles y tocar como escribe Julio. Tal vez porque Miles toca como si escribiera y Julio escribe como si tocara la trompeta. O mejor dicho, porque Miles toca la trompeta como si le estuviera curando las heridas a quien acaba de moler a palos y Julio escribe como si estuviera a punto de dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento que va a borrar de un plumazo a los traidores a la revolución. Nota mental: cambiar a Miles y a Cortázar por artistas menos cliché, más remotos, para ensayar aquel efecto hermoso que genera la devoción ajena por lo desconocido: el vértigo de saber que la cultura es un océano infinito, la confirmación de que no conocemos aún ni una gota de ese océano, la idea de que nunca dejamos de ser niños con todo por descubrir, la posibilidad de que el daño que nos provocó -y que provocamos- durante el proceso de adquirir nuestros saberes, finalmente no sea tan grave, la hipótesis de que, tal vez, todavía no la hayamos cagado por completo. Hoy, un rato después de haber salido de casa, se levantó un viento espectacular. Algunas de las cosas que parecían inamovibles se volaron sin ofrecer resistencia y algunas de las cosas que parecían ligeras o desamarradas permanecieron incólumes ante las ráfagas, pero casi todas las cosas que parecían inamovibles permanecieron incólumes y la mayoría de las que parecían ligeras y desamarradas fueron irremediablemente arrastradas por el vendaval y humilladas, no sin cierta gracia, en recorridos vagos e imprecisos. Una pregunta simple me acompañó durante toda la jornada: ¿qué suerte correrían las cinco camisas que, justo antes de salir, había tendido en la terraza? Volví a la noche y por suerte estaban bien. Un poco enroscadas en la soga, algunas amontonadas junto a otras, pero todas felizmente suspendidas de sus respectivos broches.
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